El sindicato nos lo robaron. ¿Dónde estará el sindicato?

Ni nos domaron, ni nos doblamos, ni nos van a domesticar, JFabra.

Estará cargado de razón quien diga que el movimiento sindical o un sindicato de trabajadores debe ocuparse de las cuestiones y los asuntos laborales, y no meterse en harina política, pero a la vez debería admitir que el ámbito laboral y el ámbito político están necesariamente conectados, pues de lo contrario no podrían defenderse verdaderamente los derechos humanos, los derechos cívicos de la ciudadanía, los derechos e intereses de la clase trabajadora y sus condiciones socio laborales, frente a unos poderes fácticos incrustados históricamente en el sector financiero, empresarial, militar, policial y gubernamental.

Por ejemplo, sin el Congreso de Sindicatos Sudafricanos sería poco entendible históricamente la lucha contra el sistema de apartheid existente durante el siglo XX, organizando actos de desobediencia civil, cruentas marchas de protesta y numerosas huelgas. Obviamente, los sindicalistas sudafricanos de aquel tiempo no trabajaban en despachos y su forma de lucha no consistía en publicar manifiestos impecablemente escritos. Tampoco podían reunirse con los gobernantes y los empresarios, porque inmediatamente sus huesos irían a parar a la cárcel, a la cuneta o a cualquier descampado. Hoy, sin embargo, el Gobierno español, por ejemplo, convoca a los empresarios y los sindicatos mayoritarios para que lleguen a arreglos, aunque poco o nada arreglen tales arreglos.

De hecho, los sindicalistas lo han tenido muy crudo desde hace varios siglos. En los comienzos de la revolución industrial formar asociaciones laborales en Inglaterra constituía un delito penal y estaba terminantemente prohibido, pues no en vano los empresarios y terratenientes han tenido siempre las ideas bastante claras sobre qué y cuándo hay que reprimir. Solo cuando la fuerza de la marea obrera empezó a hacerse imparable, transigieron y toleraron ciertas agrupaciones obreras aunque dejando bien claro que no podían/debían tener influencia en la actividad y las decisiones del Estado (la minoría dominante siempre se ha creído con pleno derecho a arrogarse la total representatividad del Estado en su exclusivo beneficio). Hoy, sin embargo, los sindicatos están integrados en el sistema sociopolítico y económico de nuestro país, conversan y comen con personas poderosas e influyentes y de vez en cuando convocan a una huelga general implementada básicamente por la multitud de liberados concertados con el Estado.

A medida que creció el proceso de industrialización las condiciones de vida de los trabajadores y del pueblo fueron empeorando a marchas forzadas: el trabajo infantil fue en aumento, cada vez los salarios eran más exiguos y la jornada laboral mayor, y la clase trabajadora carecía de cualquier subsidio o amparo institucional frente al desempleo, la vejez o la enfermedad. La jornada de ocho horas, el descanso en el fin de semana, los seguros sociales y de enfermedad y otras conquistas se obtuvieron a pie de calle, entre mucha sangre, sudor y lágrimas. Eso forma parte de la historia, de una historia que no se enseña en la escuela, que nunca debería haber sido olvidada, y que también queda muy lejos de la realidad sindical actual.

Los sindicatos nacieron y se fortalecieron en la lucha desigual de los piquetes, las huelgas, las barricadas, la cárcel y el hambre. Los sindicatos no reblaron porque tenían ideales, valores, caminos y horizontes comunes. Los trabajadores resistieron porque crearon sociedades de ayuda mutua, con cajas comunes y dinero proveniente de las cuotas de los asociados. Hoy la mayor fuente, directa e indirecta, de financiación sindical son los Presupuestos Generales del Estado, más los fondos de formación provenientes de la UE y del Estado.

Los sindicatos eran conscientes de que representaban a la clase trabajadora frente a la clase capitalista y sus estructuras ideológicas, judiciales, políticas y militares. Hoy hay sindicatos que aún se autodenominan “de clase”, pero apenas hablan ya de la lucha de clases y mucho menos la llevan a cabo. Hoy la lucha de clases es considerada como una antigualla de tanto polvo que ha adquirido en un rincón del desván. Por si fuera poco, los sindicatos han caído en descrédito entre buena parte de la ciudadanía y de los trabajadores, y no se atisba la salida de tan oscuro y largo túnel.

Desde el movimiento sindical se proponía ya a principios del siglo XX la huelga general internacional a fin de detener la primera guerra mundial desde ideales pacifistas e internacionalistas. Como botón de muestra, en 1907 el Congreso Internacional Socialista de Stuttgart declaraba: “La lucha contra el militarismo no puede separarse de la lucha socialista de clases en con su conjunto. Las guerras entre los estados capitalistas suelen ser la consecuencia de su rivalidad por los mercados mundiales, ya que cada estado no desea solo consolidar su propio mercado, sino que quiere también conquistar otros, en cuyo proceso tiene parte importante la subyugación de pueblos y tierras extranjeras (…) El Congreso considera que es el deber de la clase trabajadora… luchar con todas sus fuerzas contra el armamento y militar… y rehusar abastecerlo”. El 20 de marzo de 2003 fui expedientado por la Consejería aragonesa de Educación por negarme a dar clase como protesta por el inicio del los bombardeos en la invasión de Irak. Mis alumnos y alumnas lo entendieron y secundaron, pero no hubo la menor llamada a una huelga o a la rebelión por parte de algún sindicato.

En 1889 se declara el 1º de Mayo como Día Internacional de los Trabajadores, en conmemoración de los 5 huelguistas ejecutados en mayo de 1886 en Chicago. El 27 de enero de 1977 cinco abogados laboralistas fueron asesinados por neofascistas españoles e italianos en el número 55 de la madrileña calle de Atocha. Hoy es difícil imaginar una matanza en el mundo sindical hispano, no solo porque la crispación nacional existente parece no llegar a las pistolas, sino porque tampoco se ve allí un compromiso y una lucha sin cuartel contra el ultramontanismo y el ultraliberalismo.

“Sindicato” proviene del griego y está compuesto del prefijo “syn”, que significa “con”, y “diké”, que significa “justicia”. Sindicato y sindico hacen referencia a las personas e instituciones que acompañan al ciudadano a fin de hacer justicia y que se haga justicia. Tras los primeros indicios de crisis económica, los sindicatos deberían haber salido fieramente a la calle, estar haciendo lo que en nuestras calles y plazas representa y lleva a cabo el movimiento 15M y Democraciarealya. De lo contrario, ¿para qué sindicatos aquí y ahora?

El sindicato nos lo robaron ¿Dónde estará el sindicato?

Antonio Aramayona – ATTAC Aragón.

Fuente: ATTAC.

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