Anotaciones al margen (II).


Dice el sabio refranero castellano que: del mes de marzo no te fies que es traidor, tan pronto frío como calor”. Y así fue como se nos presentó, con un expediente de regulación de empleo a sus espaldas, el conocido y temido ERE, al que suelen acogerse algunas que otras empresas en los momentos de crisis, cuando presienten que sus arcas pueden empezar a vaciarse, y que a más de uno nos congeló la sangre porque rápidamente acudió a nuestra memoria el ya lejanísimo 1993, cuando anduvimos por los mismos derroteros.

Fuimos convocados a una reunión en donde el recién incorporado director de Recursos Humanos, Álvaro Arroyo González “Carnicerito de Turín” debutó no de la mejor manera que hubiera deseado, ya que cualquiera que toma la alternativa lo que le gusta es poder cortar las orejas y salir por la puerta grande y éste no fue su caso. Por el contrario, le tocó lidiar un toro bronco: vendernos el triste expediente de regulación. Se tenía estudiado el guión y capeó el temporal instrumentando una razonable faena de aliño aseada y decorosa, si no para ovación –pues la novia no estaba para tafetanes- sí, al menos, para obtener un respetuoso silencio con el que le despidió el respetable, que abarrotaba el salón de actos.

Suponía un aldabonazo para el futuro inmediato de Iveco España y para los que en ella trabajábamos. La espada de los despidos, de las regulaciones y las prejubilaciones pendía sobre las cabezas de la plantilla y todos, unos más que otros, entraríamos en el bombo, si la situación no cambiaba; cosa harto difícil tal y como venía desarrollándose el día a día, desde que había comenzado el año. El sector del vehículo industrial, querámoslo o no, se habían hundido ante la fuerte caída de la demanda.

El 8 de julio reuníamos a los gerentes de las concesiones en Madrid para presentarles la Nueva EcoDaily dentro de la austeridad que los momentos demandaban.

Esa misma mañana, la del 8 de julio, el aldabonazo –al que he hecho mención anteriormente- sonó broncamente en la vida personal y profesional de algunos y en el ánimo de todos los demás. Compañeros con los que habíamos trabajado y convivido durante muchos años eran despedidos, víctimas del puto expediente de regulación. Una vez más la descarnada realidad de los hechos daba al traste con el quehacer diario de los que, hasta ese momento, habían puesto sus conocimientos, tiempo y experiencia al servicio de la empresa.

Sí, ya lo sé: habían recibido a cambio su correspondiente salario y puede que otras retribuciones en especie. Pero ¿y eso es todo?, ¿y la persona?, ¿y su dignidad?, ¿y “el capital humano”?, ¿y “los mejores trabajan en Iveco”?, ¿Y los team bulding?, ¿y “nuestro trabajo deja huella”? ¿No existían otras formas de hacer las cosas?, ¿es que no había otros estilos de encarar la triste realidad de un despido? O ¿es que no es posible una negociación personal, de tú a tú, con el interesado, para tratar de ver la situación de cada persona y negociar un acuerdo con una cierta dignidad, con un cierto decoro y con esa vergüenza torera que también las empresas deben poseer, procurando que ninguna de las partes, empresa y trabajador, salga verdaderamente perjudicada?

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