Diario de… [un desempleado]


Y a ellos, ¿quién les defiende?

Esta mañana, como todas las mañanas, ha sonado el despertador a las siete. Con los ojos aún pegados por las legañas, he intentado incorporarme en la cama, pero las fuerzas me fallaban. Cinco minutos después he conseguido sentarme en el borde de la cama, deslizar los pies en las zapatillas y al cabo de medio minuto o así, he podido levantarme, arrastrar los pies hasta el lavabo y asearme vagamente.

Este mes todavía no he podido reunir dinero suficiente para comprar una bombona de gas, y no está la temperatura como para una ducha fría. Después he emprendido la rutina de envolverme el cuerpo con la ropa de estos los días (la lavadora se me ha estropeado y no cobro hasta el viernes, o eso creo).

Me he acercado lentamente a la cocina, he abierto la nevera: leche, un par de huevos y resto de una lechuga marchita constituían todo su contenido. He vuelto a cerrar la nevera con el estómago crujiendo de decepción y con la misma debilidad con que me había despertado. Después me he envuelto pecho y espalda con un grueso fajo de papel periódico; prefiero esas páginas color salmón donde una minoría de expertos en finanzas alinean para otra minoría aún menor cifras y cifras  que les mantienen al tanto de las pingües ganancias que coronan sus especulaciones varias. Antes, cuando yo aún compraba periódicos (aquellos tiempos parecen ahora muy remotos) echaba directamente a la papelera esas páginas para no cargar con un peso inútil.

Cabreado por el hambre y la frustración, en el pasillo he roto el tercer aviso de desahucio que he recibido del Juzgado por no pagar el alquiler: estoy decidida, cuando vengan a desalojarme, a parapetarme en la casa: prefiero morir bajo las balas de los geos que en la calle, de frío y de inanición ante la mirada impasible de todos….

A estas horas, todavía son muchos los jefes de empresas que gustan de acudir a sus fábricas y oficinas antes que los encargados para hacer uso los primeros del inefable látigo; luego son relevados en esa necesaria tarea por los ya mencionados tras el ritual ceremonioso del besamanos: todos los trabajadores en fila van uno tras otro agradeciendo al patrón su excelsa magnanimidad por proporcionarles un puesto de trabajo. Aquellos que han conseguido mantenerse en el más de seis meses son más profusos en babas que los que llevan apenas unas pocas semanas.

A medida que avanzaba por la calles  se iba intensificando el gentío de personas, todas ellas embutidas como yo en diversas formas de protección contra el frío, más o menos imaginativas y más o menos grotescas.  Hay que ir preparado contra los embate del frío como el de los competidores que se quieren saltar la cola que se forma a la entrada de la oficina, una escena que desde adentro ven los vigilantes de seguridad. Claro, que un día de estos voy a romper la cola y liarme contra los seguratas: prefiero que me aporren con una porra que pateado como un perro en la calle, de hambre y de desesperación.

Son las siete y media, me espera hora y media de frío, algún empujón, gritos denunciando al que se cuela,… De todos nosotros, sólo conseguirán unos cuantos tener bien los papeles, alguna entrevista para una oferta, que se revise su solicitud de la ayuda. La mayoría volverán al día siguiente porque no habrán tenido éxito en su suplicante demanda. Sí, hora y media en que todos nos extenuamos pensando, revisando los papeles una y otra vez, volver a mirar la tarjeta por si nos hemos equivocado de día,… Nos extenuamos por querer alcanzar antes que los demás las puertas de ese infierno, o de ese paraíso en la tierra, según el éxito obtenido: las anheladas puertas… no, no del EDÉ N, sino… del INEM.

Un día de estos me voy a hartar, me voy a saltar la cola, voy a conseguir como sea una lata de gasolina… qué sé yo, antes que me encierren que morir de inanición y frío en medio de la mugre de la calle y de la indiferencia general.

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